Se le adelantó de golpe todo el
invierno.
Se le vaciaron las páginas y comenzó la
tiretera,
que diría Ramiro.
Se abrigó de bufanda hasta las patas
y mientras, en la isla,
ardían los veinticinco grados.
(Primero el halo del humo del habano,
después la tos).
Se le apretaron las paredes al cuerpo
y poco más.
Nada de versos,
de mares,
ni de acordes.
Sólo una carta, de esas que después
vuelven,
para decirles
“me quedo, acá se respira lindo.”
(Y la calle contestó, claro que
contestó.
Un poeta en la esquina de la verdulería
de Aurora).
Y el viento llegó a la plaza,
allá donde el gallego.
Y se escuchó queja donde el emigrante
pierde las ganas,
a la puerta del hospital.
Que aquí se vende salud y ya no hay
zurdos, ni diestros.
Que el de arriba sonríe;
y, abajo, los impuestos son palos.
Que nos desnudan el alma
y nos desvisten de letras;
y, a mí,
se me agarra el frío.
Que se me callan las tristezas si es
por nevera;
pero no tiren del libro,
del médico
y de la casa.
Que silenciar es empezar a morir
y que al caer,
nadie se libra del peso.
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Fotografía: Irene Herrero Miguel |
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