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viernes, 20 de julio de 2012

Marina, que estoy llegando

Hace hoy dieciocho días que envolví la tinta de un bolígrafo en los pliegues de una carta. Hace dieciocho días que arañé en la distancia la ciudad autónoma de Buenos Aires y, sin embargo, en Argentina todavía no me han abierto, sin titubeos, para leerme. Y me da rabia, claro que me da rabia. Porque han secuestrado la nostalgia y no he salpicado el recuerdo a la otra orilla del Atlántico. Y me quejo y Rafa me mira y cínico ríe. "Y cuando cortabais en Madrid el tráfico, ¿no partías encuentros?" Y vuelta a reír, mientras yo destenso la muñeca. Y es que en esta ciudad Correos continúa con su huelga parcial y mis letras se almacenan en torres, entre postales y facturas. Son letras impresas tatuadas en el reglón. Letras que al ser leídas apuran el asalto al cuerpo y que, bañadas en perennidad, se agarran por dentro a la carcasa que las guarda; el alma, que diría mi abuela. Y entonces se me ensancha la risa, porque me doy cuenta de que la calle, gastando ansias, ha tomado la pluma. Al parado, al estudiante y al funcionario se le ha sumado el bombero que no apaga el fuego de las barricadas y el policía que tímido retira el casco; pero sólo aquel que no ha golpeado antes, que escribir es recordar. Y es que la acción pasa por hacer y escribir la historia. La mía, la tuya y la nuestra. Y bien sabemos que este parón es sólo el impulso de la difusión de nuestros derechos. Así que... ¡qué corran los sellos! Que yo, Marina, ya te estoy llegando. 

Manifestación 19J y Huelga de Correos en Vigo

miércoles, 18 de julio de 2012

Te pido tres días más, Ortigueira

Don´t worry, que diría Jack, que maloserá, sentenciaría a carcajadas Anxe. Que la lluvia, la mugre y los litros del tinto más barato del Corvirán saben también de quemar sonrisas y de romper en el mar. Que de exprimir las vivencias a dejarlas pasar hay un trecho; y que nosotras, tal vez por ese deje gallego, hemos saltado, sin vértigo ni vacío, allí donde el Atlántico se enreda y se atrapa en las aguas del Cantábrico. Que están los tiempos jodidos, si ya lo decía Gabriel en su Senegal del año dos mil, pero es empezar la música y arqueársele la risa y así contagiar. 
Y me gusta. Me gusta que hable de política más allá de Melilla y que haga tambalear mis lógicas en un juego cruzado de preguntas a tres. Y, sin embargo, me callo cuando pienso en la valentía al partir. Que sí, que compartimos la salitre del Atlántico, pero a miles de kilómetros. Que la geografía pesa y él todavía añade las suelas del comerciante. Admiración muda, mientras se me anudan los vocablos en los límites de mis dedos hasta hacer llaga y caer de golpe, con la decisión que rehúso, sobre el teclado. 
Y al llegar al campamento, se despide con el pecho abierto y nosotras nos sumergimos en un bucle errático de paisaje incierto donde impera el impulso, el ansia animal ajeno al eclipse de las formas. La salitre, el kalimotxo, la mugre y el sudor como excusa para recrearnos en el romanticismo que dicen perdido tras la Ilustración. Porque aún sin Leica, que por tener no tenemos ni billete de vuelta, nos perdemos por "horizontes nuevos que abren el apetito y las ganas de reír fuerte, de respirar al sol, de perderse por el mundo." Y así lo hacemos, o al menos lo intentamos. Aunque el tío que vende M y regala sexo, se ponga arisco cuando llenando bien los pulmones estallamos en carcajadas al dejar en entredicho su virilidad. Y corremos, siempre hacia al mar, para dibujar en el cielo los trazos de la Osa Mayor. Y a pesar  de que Víctor y yo seamos unos incomprendidos, la noche y las estrellas siempre tienen algo que contar, y más en la orilla. 
Y es en esa misma orilla donde lavo mis miedos, donde me desprendo de esa película difusa que nos atrapa en madrugadas urbanas. Porque ahora toca improvisar, ya sea aos grolos da crema de Oruxo, al calor de la hoguera o con el disfraz hawaiano en la carpa. Toca conocer y, por tocar, toca tocar. Y es así como viajas dando tumbos entre distancias, acortando kilómetros y asimilando que el encuentro de dos mares en el Cabo Ortegal es sólo el anticipo del roce. Ni uno, ni dos, ni tres. En tal caso, roce constante; porque para determinar gestos poco sé de cifras, porque los números únicamente sirven para cuantificar desgracias. Nada más.
Y así echamos la noche, las noches, entre humo, tragos y ganas. Absorbiendo sus días y apurando relatos de las cicatrices que les ha hecho el tiempo. Un exiliado alemán, unas pulgas hogareñas, una frutería en el Perú... y una cajetilla más que cae, mientras me fumo la historia de, ahora, mis libros. Y me doy cuenta de que lejos queda ya el cacheo policial del primer día en la autopista y que no queda otra que debullar la luna, aferrarse al saco y arrimarse al borde. Todo para dejar de temblar. Porque no es el frío el que me hace tiritar, es el miedo a abrir la tienda y ver salir a la nostalgia del recuerdo, así, sin más.

sábado, 21 de abril de 2012

Diarios de Vigo-Verín

       Los animales de carretera convencional sólo entienden los contratos que hablan de festivales, si estos vienen escritos en servilletas de bares donde la bebida es de contrabando. Devoran cajetillas ajenas e improvisan carreras hasta Pontevedra con conocidos de tres cervezas. Bailan en curva, atajan por baches, el conductor se venga y pocos duermen. La música de sus padres demasiado alta les nubla la vista y olvidan, a ratos, la dirección del tráfico; pero a golpe de grito y de carcajada, redirigen el rumbo y al meter tercera cargan sus pulmones con salitre marinense. Son como gatos callejeros y encuentran cobijo en un banco a la espera de un tercero que agradece la paciencia con un trozo de tarta de manzana cortada con las llaves del nissan. A la vuelta, exhaustos, se anima a hablar el de la tirita en la cara y el puente de Rande saluda a la ría. Esa misma ría de la que me despedí desde un avión con destino París hace hoy dos veranos, mientras que en el asiento contiguo una historia empezaba. Esta noche, ella está a mi izquierda y compartimos perspectiva: acordamos el principio y engrasamos el aliento para no caer en punto muerto. Te espero en Ortigueira, valiente.  Recuerda, te echo de menos en los kilómetros.


Es bonito que al dormir la noche,
 nunca sepamos como va a amanecer mañana.

jueves, 4 de agosto de 2011

Tolosa

Con las botas embarradas y con las uñas gastadas de agarrar momentos te recibe la ría tras once horas entre raíles que se quedan cortas anegadas de recuerdos. La mirada atrás recorre el camino hecho y se detiene allí, donde la lejía tiene sabor a cerveza. Allí, donde rasgamos la voz estallando en carcajadas.
Las piernas hoy tiran menos que ayer pero los lazos creados no hacen más que anudarse entre lo retales de esta historia. Un factor común, llámalo Tolosa, sed de ruta o destino, hizo de nosotros familia y ahora como enemigos de lo efímero nos resta recordar hasta la próxima parada.
Porque más que raro, parafraseando con descaro a Sabina, intenso fue aquel verano que no dejó de llover.


Eskerrik asko.